San Juan de Ávila

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Bula de Canonización

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Bula del Papa Pablo VI por la que se decretan los honores de los santos al Beato Juan de Ávila, 31 de mayo de 1970[1].

 

            Pablo, Obispo, siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria

 

            1. Introducción

Las palabras santísimas de Cristo: “ld por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea se condenará” (Mc 16,19), claramente indican que la salvación de los hombres se apoya sobre todo en la predicación de los Obispos, sucesores de los Apóstoles y también en la predicación de aquellos que con ellos participan en este ministerio santísimo, es decir los Sacerdotes. Y ésta es en realidad la razón por la cual la Iglesia ha puesto su confianza sobre todo en los Obispos y Sacerdotes, tanto en las épocas difíciles como en los tiempos buenos.

 

2. La conciencia de la dignidad sacerdotal y la reforma de las costumbres, motivos de la canonización

            Por lo tanto, ya que el Colegio de nuestros Venerables Hermanos, los Obispos de España, en su propio nombre, en el nombre del clero y de todo el pueblo, han pedido que el Beato Juan de Ávila, Sacerdote integérrimo y a la vez propulsor de la religión cristiana en aquella nobilísima tierra, lo eleváramos al número de los Santos, Nos, deseosos por una parte de aumentar la gloria de tan esclarecida nación, patria de tantos Santos y varones ilustres, y por otra, juzgando que ello ha de contribuir de una manera fausta y feliz a la prosperidad de la Iglesia, después de considerar el asunto con la ponderación debida, accedemos muy gustosos a sus ruegos y procedemos en consecuencia.

            Porque si la Iglesia, afligida por aquel entonces con muchas dificultades, al surgir las herejías por todas partes, y también caídas en cierta languidez la piedad y la disciplina, se robusteció sobre todo en España con la virtud de este bienaventurado varón, confía que su santidad. proclamada por la suprema Silla de Pedro, animará a los Sacerdotes, para que conscientes de su dignidad acomoden su vida según todas las exigencias, criterios y normas de la virtud. De este modo podrán iluminar a los fieles como luz puesta sobre el candelero y apartarlos de la corrupción de las malas costumbres.

            Todos ven cuánta ayuda proporcionará esto a la Iglesia oprimida por el peso de los grandes deberes que le han sido encomendados, y qué vigor le infundirá a la manera de un viento favorable para que pueda arribar al puerto final.

 

I. VIDA DE SAN JUAN DE ÁVILA

 

            Nos es grato recordar brevemente la vida de este bienaventurado varón y poner de relieve su gran santidad con el fin de que al conocerle todos le admiren y admirándole le imiten.

 

3. Estudios y alistamiento para ir a Méjico

            Juan de Ávila nació en Almodóvar, España, el día 6 de enero de 1499, hijo de Alonso y de Catalina Xixón, ricos en bienes temporales y en religiosidad y fe. Como en aquel tiempo los caballeros españoles adquirían mucho renombre con los triunfos militares, esto influyó para que el carácter del niño fuera forjándose en un ambiente de brillantísimos acontecimientos.

            Apenas cumplidos los 14 años es enviado a Salamanca, centro de estudios y de las Artes. Ya a sus 15 años, y por causas desconocidas, se fue de la ciudad, reintegrándose a su hogar. Un hijo de la familia franciscana, que había oído hablar de su religiosidad y piedad profundamente vividas, le aconsejó que reanudara los estudios interrumpidos y que, continuando los estudios, se ordenara de sacerdote, pues de este modo serviría a Cristo en su Iglesia más provechosamente.

            Por eso ya en Alcalá se dedicó con todo empeño al estudio de la filosofía y de la sagrada teología, pensando para sí ir a las Indias una vez terminados sus estudios. No es de extrañar que siendo Obispo de Tlaxcala, Julián Garcés, que buscaba misioneros para Méjico, Juan aceptara con mucho agrado ser inscrito y concentrara ya en esto los anhelos de su alma y buscara orientaciones.

            Así se apresuró ante todo a celebrar la Santa Misa en Almodóvar, su ciudad natal. Por cierto que con tal ocasión, a ejemplo de Cristo, sirvió la mesa y vistió de nuevo a doce pobres. Más aún, desprendiéndose de su rico patrimonio, repartió todo el dinero reunido entre los necesitados y de rico se hizo pobre e indigente. Es que las consignas evangélicas le hacían mucha fuerza y a su cumplimiento se entregaba con toda su alma.

            Después de esto se dirigió a la ciudad de Sevilla, para desde allí hacerse a la mar a fin de predicar a Cristo en Méjico dispuesto a cualquier trabajo en este empeño. Pero las cosas no sucedieron conforme a su proyecto.

 

            4. Misión apostólica en Andalucía

            Ninguna fuerza huracanada podía extinguir el fuego prendido ya en su corazón. Y el buen siervo de Dios recorrió toda la región andaluza al estilo apostólico anunciando el reino de Dios; y muchas ciudades, entre ellas, Alcalá de Guadaira, Lebrija, Jerez, Palma del Río, Écija, fueron para él como su Galilea.

            El poder de su oratoria y de su talento, unido a una gran pobreza y a una intachable inocencia penetraba los corazones y los conmovía. Muchos eran los que por la predicación de la Verdad quedaban prendidos en sus redes echadas en cualquier sitio.

 

5. Sale de la Inquisición inocente y penetrado del “Misterio de Cristo”

El año 1531 llevan al inocente Juan al tribunal de la Inquisición de Sevilla como sospechoso de herejía y se le castiga con la cárcel. Al fin, interrogado y tras una eficaz defensa es puesto en libertad. Por cierto, que la cárcel le sirvió de ganancia, ya que entre cadenas y sombras percibió el “Misterio de Cristo” con mayor plenitud que antes lo conociera.

 

6. Córdoba y Granada; maestro de sacerdotes y de santos

            Inflamado por este fuego divino, Juan se dirigió a Córdoba y allí fundó la escuela llamada “Preocupaciones Sacerdotales”, en la que se pretendía la formación de los Sacerdotes. De tal modo les alimentaba su vida de piedad que movidos todos por la fama y brillo de sus virtudes le tenían como ejemplo.

            Fue a Granada. Allí ayudó muchísimo al Arzobispo: predicó sin descanso; colaboró en el colegio de Sacerdotes como auxiliar del Prelado y actuó en cargos importantes que ejerció santamente. Por lo demás fue aquí en la universidad donde alcanzó el nombre de “Maestro”. Aquí, con la ayuda divina convirtió a Juan de Dios impulsándole a una mayor entrega al servicio divino; como igualmente a Francisco de Borja y a otros hombres y mujeres ilustres de los cuales la Iglesia con razón se alegra.

 

            7. Fundación de la Universidad de Baeza

            El año 1540 fundó en Baeza una Universidad y la organizó sabiamente. La instituyó con tales normas que apareciese claro a todos que su enseñanza se apoyaba sobre todo en la filosofía de Santo Tomás de Aquino. También ayudaba a los formadores de la juventud a habilitar a éstos para el apostolado con la necesaria ciencia y doctrina. Asimismo tuvo cuidado de que junto a la Universidad se levantaran colegios o facultades en que antes que nada se expusiese la doctrina cristiana.

            Por entonces, Pedro Guerrero, Arzobispo de Granada, el mismo que en otro tiempo fue su compañero de estudios en Alcalá, y ya a punto de dirigirse a Trento a tomar parte en el Santo Concilio, insistentemente le rogaba se fuera con él. Al no poder acompañarle, compuso un Memorial o informe sobre la reforma de la Iglesia; Memorial que el Prelado utilizó en el santo Sínodo con aceptación y provecho. Al quedarse Juan en su patria, se entregó de lleno a la predicación de la Palabra de Dios; y de modo especial se ocupó en la dirección de la “Escuela Sacerdotal”, que aquí había fundado con gran éxito.

 

            8. San Juan de Ávila y San Ignacio de Loyola

            Por aquellos días, la Compañía de Jesús fundada por Ignacio de Loyola, comenzó a propagarse por España. Juan e Ignacio perseguían en total acuerdo idénticos fines y con los mismos medios y afanes. Esta afinidad pronto les hizo amigos. No sólo sintieron el uno del otro buena opinión y mutuamente reconocían sus méritos, sino también como si pertenecieran a una misma familia se amaban, se ayudaban. Incluso por los consejos de Juan no pocos de sus propios discípulos ingresaron en la Compañía. Más aún, el mismo Juan hubiera entrado en tan santa Compañía de no habérselo impedido su poca salud. De haberse realizado esto, San Ignacio, como él mismo decía, habría mandado trasladarlo a hombros como si se tratara del “arca del Testamento”.

 

            9. Últimos años en Montilla

            Agotado por sus continuos trabajos y vigilias, comenzaron a sentirse las molestias, fallos y enfermedades. Al acentuarse éstas y dejado por necesidad el ministerio de la predicación, se retiró a la ciudad de Montilla, donde vivió con su compañero de trabajos, P. Villarás. Aquella casita, vulgar si se juzga por las apariencias, se hizo nobilísima y muy rica si se considera su dignidad.

 

            10. Escritor y director espiritual

            En esta época el santo varón escribió magníficas obras y dirigió a muchísimas almas. Compuso otro tratado lleno de prudencia para que el Prelado de Granada de nuevo lo utilizara en Trento.

            Consejero y animador constante de los Sacerdotes, envió a éstos, reunidos en Córdoba el año 1553, un tratadito muy completo. El año 1565 intervino en alguna manera en el Concilio de Toledo por medio de cartas y memoriales. El año 1568 este prudentísimo maestro de virtudes reanimó con sus cartas el espíritu de Teresa de Jesús, molestado por los escrúpulos, al aprobar abiertamente el Libro que de su vida ella había escrito.

 

            11. El diez de mayo de 1569 murió serenamente

            Agotado por los sufrimientos le fue preciso retirarse al lecho, y en él a semejanza de Cristo estuvo como clavado en la Cruz. Se sabe que esta contrariedad la vivió al ritmo de los santos y los indicios de virtud fueron tan claros que parecía estar colmado de cierta influencia divina, al punto que el tiempo transcurrido en Montilla no pareció otra cosa que una preparación para su muerte. El día diez de mayo de 1569 murió serenamente. Su cuerpo fue sepultado en la casa religiosa de los hijos de la Compañía de Jesús. La fama de su nombre se extendió con las mayores alabanzas.

 

II. SANTIDAD DE SAN JUAN DE ÁVILA

 

            12. Copia fiel de San Pablo

            Es grato ahora meditar brevemente sobre el valor y las obras de este hombre. Y lo primero, Juan a semejanza de Pablo con quien le unía admirablemente su estirpe, temperamento y habilidad, fue con toda verdad un apóstol, o como dice la historia, “una clara imagen de la predicación evangélica” y al mismo tiempo “una copia fiel del santo apóstol”.

            Como amaba únicamente a Dios, se preocupaba con todo entusiasmo de los hombres y sufría por aquellos que, rodeados de peligros, él llamaba “hijos de lágrimas”. No es de extrañar que todo cuanto llevaba a cabo, sus oraciones, su asiduidad en oír confesiones, sus agotadores trabajos, todo lo dirigiera a la salvación de los pecadores. Y si algo él no podía por sí mismo, se esforzaba en conseguirlo por medio de sus escritos o a través de sus discípulos; y siempre con extraordinaria y constante diligencia.

 

            13. Proyectos de reforma enviados al Concilio de Trento

            Fue muy laudable y meritoria la colaboración de su agudo ingenio en los estatutos, decretos y mandatos del Sacrosanto Concilio de Trento: que se cuidase de la enseñanza del catecismo, tarea que no sólo a él mismo le ocupaba mucho tiempo, sino que además escribió una obra De la doctrina cristiana que abría nuevos caminos a la catequesis; y que se pusiese serio empeño en la reforma de las costumbres clericales; que en la fundación de los colegios, parecidos en alguna manera a los Seminarios, se pusiera toda diligencia; y, finalmente, que los Sacerdotes como soldados preparados para todo, estuviesen disponibles ante sus Obispos.

           

14. Amigo de todos y Maestro de Santos

            Juan fue el amigo y padre en Cristo de muchos hombres de toda condición, nobles y humildes, sacerdotes y seglares: ellos fueron el consuelo en sus trabajos, obras y penas. Al mismo tiempo le unía estrechísima amistad con los Santos: Juan de Dios, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara, Ignacio de Loyola, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Teresa de Jesús. Entre ellos gozó de gran estima; en especial, Teresa de Jesús, que lloró muchísimo su muerte.

 

            15. Misterio de Cristo: “Carne, Cruz, Eucaristía”

            El núcleo capital de su abundantísima doctrina es el “Misterio de Cristo”, que, como dijimos, le fue desvelado por Dios en la cárcel. El misterio de Cristo, según el pensamiento del bienaventurado varón, en esto se resume: que Dios de tal manera amó a los hombres que les dio a su Hijo Unigénito, cuyo amor resplandeció sobre todo en la Encarnación, en la Cruz, y en la Eucaristía. El amor de Dios, si queremos usar sus mismísimas palabras, se hizo “carne, Cruz, Eucaristía”.

            Por tanto, el cristiano puede participar de los bienes del divino Redentor y unirse por la gracia con Cristo, lo mismo que la cabeza con los restantes miembros. Si observamos la mutua relación entre los miembros es necesario que la misma caridad les dé la cohesión. A nadie se le oculta que todo esto insinúa brillantemente la doctrina del “Cuerpo Místico”, como posteriormente ha sido clarificada por la Iglesia. Por su doctrina Juan de Ávila ha sido realmente benemérito.

 

            16. El tema sacerdotal en sus escritos

            Para el que considere sus escritos y su vida, enseguida aparecerá cómo el tema del sacerdocio ocupaba para él el primer puesto. Está convencido de que los Sacerdotes, con la potestad sagrada del orden, desempeñan el mismo sacerdocio de Cristo; y que por tanto, conviene que ellos vivan santísimamente conscientes de tan alta dignidad, por el hecho de que han de realizar el sacramento de la Eucaristía con temor y temblor. También es claro para él que los Sacerdotes, como Jesucristo, son intercesores entre el pueblo y Dios, pues por medio de ellos la palabra de Dios llega a los hombres. Y como el oficio del sacerdote es signo del Dios Amor, conviene que el amor se extienda con amor. Por lo demás, el modelo perfectísimo de los Sacerdotes es Cristo y nada vale una santidad que no siga sus huellas. Finalmente ni concebirse puede un Sacerdote que no ame con una estima constante a María, la Madre de Cristo. Nada más próximo a Jesús que Ella.

 

            17. Maestro de virtudes

            El bienaventurado siervo de Dios en sus últimos tiempos era llamado “maestro”; este sobrenombre muestra cuál y cuánto fue el sentir y la estima que tenían de él sus contemporáneos y posteriores. Y con razón. Su virtud resplandecía en una fe sin sombras, en un solícito y ardiente amor al gran Dios; en la pobreza, carencia y necesidad; en la cruz y penitencia; en el afán serio y admirable de servir a la Iglesia, la cual, lo mismo que Pablo, deseaba con todo el ardor de su alma que estuviese “sin mancha ni arruga” (Ef 5,27).

            Con tal prudencia trata los asuntos que San Francisco de Sales, Pedro Bérulle, San Juan Eudes, San Vicente de Paúl, San Alfonso María de Ligorio, San Antonio María Claret, y muchísimos otros, le han tributado alabanzas y de él han sacado mucho provecho. No podemos pasar por alto sus comentarios, expuestos con doctrina segurísima y razones sólidas, que fluyeron por todo el cuerpo de la Iglesia Santa a través de las orientaciones y decretos del sagrado Concilio Tridentino.

 

III. DESPUÉS DE LA MUERTE DE SAN JUAN DE ÁVILA

 

            18. Beatificación, el 15 de abril de 1894

            Es ahora el momento de considerar la segunda parte de la vida del bienaventurado Juan, la que comenzó después de su muerte. No se puede decir que murió totalmente un hombre cuya fama de virtud se extendió tanto, su estimación fue tan grande y por cuyo medio Dios hizo obras milagrosas. Por todo lo cual se comenzaron los procesos acostumbrados en la archidiócesis de Toledo. En el año de 1759, Clemente XIII, nuestro predecesor, aprobó el Decreto sobre sus virtudes heroicas. Y en el año 1894, el quince de abril, fue inscrito solemnemente por León XIII en el catálogo de los Beatos.

           

            19. Hacia la canonización “equipolente”

            Extendida por todo el mundo la noticia de su beatificación, atrajo tanto la admiración de todos que se pensó en que la Iglesia se ocupara de la investigación y confirmación de su santidad. Por esto, los Padres Cardenales de la Sagrada Congregación de Ritos, reunidos en consulta de si se volvía a tratar la causa, el día 14 de marzo de 1952 respondieron “afirmativamente”, “si le parecía bien al Santo Padre”.

            En la súplica presentada a esta Santa Sede, los promotores se inclinaban a que el proceso no se llevara a término por el camino acostumbrado, sino más bien por el que llaman “equipolente”. Nos creímos obrar correctamente atendiendo a estos deseos. El uso y la costumbre de los antepasados y las normas de los Sumos pontífices justifican esta manera de proceder. Aunque su uso en la Iglesia no ha sido frecuente, podíamos legítimamente emplearlo, siempre que se den de manera inequívoca las virtudes heroicas y un culto constante. En el caso del Beato Juan de Ávila, ambas cosas se dan sin ninguna duda.

 

            20. Virtudes heroicas y culto ininterrumpido

            Desprenderse de todos sus bienes y distribuirlos a los pobres; sobrellevar sin queja acusaciones terribles y la cárcel; predicar y confesar sin descanso alguno; discurrir de una a otra parte con espíritu alegre para ganar almas a Dios; morir en fin como víctima: son cosas que no solamente son indicios, sino también pruebas muy sólidas de santidad.

            Si se investiga sobre el culto también resulta claro y averiguado. Una vez muerto el Beato Juan, el pueblo y el clero y los mismos Santos le tributaron grandísima veneración, en especial a partir de su beatificación y de su proclamación como Patrono de todo el Clero Español por Pío XII, nuestro Predecesor de feliz recordación, el año 1946.

           

            21. Últimos pasos

            Así las cosas, el 2 de diciembre del pasado año, el Promotor general de la Fe vino en concluir que la causa del Beato Juan de Ávila era tal que merecía el honor de los Santos y que a ello nada se oponía.

            Como también opinaban así la Sagrada Congregación de las Causas de los Santos en la reunión especial celebrada el 10 de febrero pasado y los Padres Cardenales Presidentes de la misma Congregación en la consulta plenaria celebrada el 24 de marzo, Nos decidimos con sumo agrado conceder al mismo Beato la canonización equipolente.

 

            22. 31 de mayo de 1970, solemne canonización

            Hoy mismo y con la ayuda de Dios, hemos presidido estas ceremonias con grandísima alegría nuestra y también del pueblo cristiano. En la Basílica de San Pedro, ocupada por muchedumbre de fieles venidos de todas partes, especialmente de España, en presencia de muchos Cardenales de la Santa Iglesia y Obispos de la Curia Romana y de la Iglesia Católica, determinamos acceder a las súplicas de nuestro venerable hermano el Cardenal Pablo Bertoli, Prefecto de la Sagrada Congregación de las Causas de los Santos, pidiéndonos que declaremos Santo al Beato Juan de Ávila.

            Después que el mismo Padre Purpurado habló brevemente de la vida, hechos y santidad del Beato; después de implorar Nos la intercesión de los Santos, para que nos alcancen al auxilio y la luz de Dios Omnipotente, como Supremo Maestro de la Iglesia, hemos declarado esto: “Para honor de la Santa e Individua Trinidad, para exaltación de la fe católica y aumento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y Nuestra, después de madura consideración y tras implorar la ayuda divina, declararnos y definimos que el Beato Juan de Ávila es Santo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

            Pronunciadas estas palabras al ruego del mismo señor Cardenal decretamos que el ahora proclamado Santo sea adscrito en el catálogo de los Santos y que se redacten las cartas Decretales según costumbre.

            Después de tributar a Dios Omnipotente las gracias a una con todos los presentes, tuvimos una homilía sobre las admirables virtudes y obras del nuevo Santo y fuimos los primeros en invocar su patrocinio celebrando en el Altar Mayor de la Basílica el divino Sacrificio con un rito solemne.

            Con la investigación y reflexión debida, todos los hechos que antes hemos mencionado los manifestamos a la Iglesia Universal. Ordenamos que a las transcripciones completas o parciales, aun impresas, de estas Letras Apostólicas se les dé la misma fe que al original con tal de que lleven la firma y sello de algún notario.

 

            Dado en Roma, junto a San Pedro, el 31 de mayo en el año del Señor, 1970, año séptimo de nuestro Pontificado.



[1] Paolo VI, Insegnamenti, VIII/1970, 566-569

 

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